La ciudad de las luces muertas

 Disfruto mucho de la lectura realista, o naturalista, o de estructuras clásicas dentro de la novela. 

Pero hay autores que me provocan un sentimiento encontrado, con gusto por la métafora constante, por el emplear el lenguaje, el estilo como una herramienta más en la narración, no como un adorno. 

Cuando yo era adolescente, leí  con enorme alegría y disfrute mi primera obra del ya mayor Álvaro Cunqueiro, un autor muy querido en Galicia, y me temo que menos conocido fuera de nuestra comunidad.

En esa primera lectura de Cunqueiro los animales conversan con las personas, se describen situaciones cotidianas, de personas del común y la emigración, los pleitos, la mar, la labranza son los temas que te ayudan a entender ese mosaico que pretende ilustrar un fresco de la sociedad gallega de fin del siglo XX.

Vinieron más, casi todas, aún me quedan algunas maravillas por descubrir, y este verano he vuelto a Don Álvaro con el premio Nadal del año de mi nacimiento, ni más ni menos, Un hombre que se parecía a Orestes, que me ha provocado muchas sonrisas y varias horas de disfrute de esa variopinta narración fantástica; única que mezcla historias clásicas griegas con personajes cotidianos actuales, y claro, eso me llevó a recordar que hacía unos meses me compré el Premio Nadal 2026

Este año 2026, antes de Cunqueiro, David Uclés me enganchó y provocó un engrasado de neuronas casi oxidadas de fantasía realista con La ciudad de las luces muertas.

Tenía ganas de leer algo de este autor  que me cuesta definir como escritor dada su polifacética aparición en distintos medios y su obra creativa musical, pictórica; si bien este año se ha vuelto más viral ya que ha tenido una decisión personal no aceptada por otros personajes públicos españoles. No me interesa.

Me interesa el argumento de esta novela en la que aparecen personajes, situaciones, realidades imposibles que generan un constante juego con el lector animando a buscar realidad en fantasía, emoción en los sonidos provocados por la evocación de las letras escogidas. Un juego, un juego divertido y onírico, basado en una ciudad real y en personajes reales en situaciones diferentes, ¿irreales?

Me ha entretenido, es cierto que en algún momento me ha aburrido, seguramente ya que algunos personajes que se muestran son desconocidos por mi memoria; error por mi parte, pero bueno, es lo que hay.

Por ello abandoné su lectura. Lo marqué con un punto de lectura, por supuesto, yo no hago como mi padre y doblo las hojas. No exijo que se deban de enviar al ostracismo a quienes practican tamaña aberración contra la salud física de los libros, más, algo deberíamos hacer con esas...¿personas?

Sigo, que me despisto del fin de esta entrada.

Como ya he comentado en otra anotación de la bitácora,  durante esta cálida estación estoy disfrutando de distintas lecturas rezagadas, una de ellas del autor español famoso en la segunda mitad del siglo pasado: Rafael Sánchez Ferlosio. 

De este autor  dispongo de varias obras en la biblioteca de Callobre, y la semana pasada he comenzado a enamorarme de Industrias y andanzas de Alfanhuí, ¡qué joya!, no sé cómo he tardado tanto tiempo; lo estoy devorando, en ocasiones, leo el capítulo y vuelvo a leer, algún párrafo, que metáforas tan lúcidas, que imágenes tan oníricas, que ilusión, qué mente tan precisa y qué léxico tan precioso, se me acaban los adjetivos grandilocuentes. Curiosamente, no está, será otra narración por la que gane el premio Nadal, El Jarama, seguro que cae en mis manos, si bien, me temo, no seguirá un estilo tan fantástico, en todos los sentidos.

 

No es que sea yo muy amigo de premios, sobre todo por que no me tocan, pero si que me ha provocado un pensamiento curioso ver que estos tres autores galardonados, son, a mi gusto, tres muy buenos autores.

Eso creo.

Por cierto, me ha gustado volver a pasear por Barcelona; hacía muchos años que no viajaba hasta allí.

 

 


 

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