La Regla. Antologia veraniega.

 Durante este verano la relajación me ha provocado enormes ganas de escribir y de leer; De repente, mientras disfrutaba de Alvaro Cunqueiro, Ana María Matute, Julio Cortázar pues venían ideas, y acudí al ordenador, y ordené esas ideas de forma que con la premisa de relatar una historia en menos de 900 palabras y que tuvieran como base alguna anécdota vital o experiencia personal, o familiar, pues me tiré al monte, y quiero compartir por esta bitácora alguna de esas creaciones. Fueron un total de 10 relatos; alguno lo compartiré por aquí.

 Una de las más dolorosas es la que tiene por título

La Regla.

 

La academia estaba en un primer piso. El portal tenía dos amplias puertas de acero negras acristaladas. Muy limpias, siempre. Sin embargo el portal y las escaleras eran oscuras, tan oscuras que era necesario encender la luz en cualquier momento del día y en cualquier época del año. Las amplias escaleras no daban abasto para poder subir toda la marabunta de niños que, al abrigo del edificio escapaban de sus casas para recibir órdenes educativas.

El aula era amplia, llena de silencio con mesas y sillas individuales que hacía tiempo fueran nuevas. Una fotografía de un militar dictador y otros señores serios con medallas y ropa oscura acompañaban a un enorme crucifijo oscuro que dominaba toda el espacio con su regia posición.

Los niños más pequeños estaban vestidos con pantalones cortos, zapatos Gorila y calcetines con tomates, algunos remendados por sus abuelas costureras, los más suertudos. Todas las punteras estaban gastadas, y las tapas muy deterioradas. Era obligatorio que acudieran con guardapolvos, herencia obligada de sus mayores. Por eso sus puños desgastados, o los bolsillos rotos se mostraban sin pudor.

Era viernes. Pasó mucho rato de la hora del bocadillo con la solitaria loncha de chorizo. El frio subía por los pies hacía las manos y la nariz provocando movimientos incontrolados para calentar los deditos manchados de todo tipo de cosas. Pequeños ruidos se sucedían de forma rítmica provocando pequeñas risitas nerviosas entre los infantes.

Los mayores escuchaban, soñaban, jugaban, pintaban, mientras de forma monótona la Maestra, Lourdes, señorita, recitaba una lección más aburrida que interesante. Todos con la cabeza baja, aquel que la levantaba llevaría un pescozón directo en la cabeza, un tirón de orejas, una reprimenda y la risa de sus compañeros por ver que es el otro el que sufre.

Juan se sentaba con los pequeños. Él no lo era. Tenía un retraso. Le cayó una teja en la cabeza de pequeño. Se decía en los recreos. No, no puedes jugar con nosotros te pones nervioso y no das una. ¡Qué no, pesado!, te quedas ahí y miras. Decía Luis, el dueño del balón. Joooo, tremendo, era de cuero, se lo trajeron los Reyes Magos. Dicen que duerme con él, mira que limpio lo tiene.

Luis era un abusón, y un bufón. Escogía a los mejores para su equipo cuando en el recreo acudíamos al patio de la Basílica. Una vez, su equipo estaba perdiendo y ya gritaban los mayores que nos íbamos de vuelta a la Academia. Se tiró al suelo, y dijo que era penalti. Gol. Siempre haciendo trampas. Ya se sabe. El dueño del balón.

Juan no pudo jugar y llegó nervioso al aula. Hacía frío y le daba pequeños golpes al suelo para entrar en calor. Sus zapatos eran buenos. Su tío tenía una zapatería famosa en la ciudad. Manuel, al lado de Juan, con su manita le agarra la rodilla para que pare. Juan y Manuel son amigos, viven en la misma calle, persiguen ranas en los estanques; Manuel quiere mucho a Juan, es más pequeño, pero se cuidan cuando hace falta.

¡Silenciooooo! La enjuta y gris Lourdes gritó rompiendo la pequeña paz que dominaba la gélida aula. Su pelo negro, teñido en la penumbra de su solitario cuarto de baño, se agitó.

Todas las niñas llevaron sus manitos a la boca y avisaban a los demás que hicieran lo mismo. Nadie se movió. Bueno, Juan, si, movió su zapato.

¿Quién ha sido? Lourdes tenía buen oído, pero la vista no la mejoraban mucho esas gafas de pasta gastada por las patillas y que fueron regaladas por sus hermanas en el convento de las clarisas donde fue ordenada monja. Una mala relación la llevo a colgar los hábitos.

Nadie dice nada, pues, ¡Luis, prepara la regla! Esa herramienta de geometría era fabulosa. El padre de Luis se la compró en un viaje al extranjero, y era de hierro, no se podía romper.

Luis, raudo y veloz sacó el negro instrumento, plano, rectangular que además de medir longitudes golpea con energía pequeñas zonas blandas provocando dolor, heridas y terror.

¿Quién hizo el ruido? ¡Vamos!.

Manuel, cabizbajo, se levanta, Señorita, fui yo, fue sin querer, es que tengo frío y se me mueve el pie, Señorita, no lo voy a volver a hacer, Señorita, no, no, por favor. ¡Cállate!, pon el culo duro, vamos, no llores, en clase se tiene que estar quieto, así, así, así, pon el culo duro, así, aprenderás. Luis guarda tu regla.

Manuel se sienta aguantando el llanto. Tendrá que mentir a sus padres cuando el sábado en el baño semanal vean que hay negrones; dirá que se cayó, si, eso dirá. Si les cuenta la verdad, habrá un problema, y la señorita cuando hay problemas, pega más.

Juan, a su lado, llora también; Manuel le dice con la mirada que no lo haga, que no pasa nada, que todo está bien.

Manuel hace sonar en su cabeza una melodía, eso le ayuda a escapar, es una melodía que lo calma todas las noches, cuando se va a dormir, su padre le pone un rato una pequeña serenata que le ayuda a dormir desde que era un bebe. La música le ayuda a huir.

Luis, se sonríe. Es un buen alumno. Obediente. Es el dueño de la regla.

 

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