jueves, 21 de febrero de 2008

Sólo un grito

Nunca el amor tuvo un servidor más fiel.
El era un lacayo, hijo menor del herrero real. Su padre forjó el metal que fue vencedor en todas las batallas. Todos los reinos vecinos temían su metal forjado, su espada rompía todos los aceros con los que se enfrentaba.
Por ese motivo, por respeto a su herrero, el rey nombró a su hijo mozo de las caballerizas. Y le entregó como premio una daga, forjada por su padre.
Así nació el amor.
Al principio era un amor oculto, ciego a los ojos de los más cercanos.
Ella era la hija mayor del rey. Su dote la más codiciada de los reinos del Norte. Su alma, rebelde y luchadora.
Todas las tardes bajaba a las caballerizas, le encantaba montar y cuidar a sus animales. Su padre no se lo permitía. Debía aprender a ser una dama.
Sólo cuando él la miraba, ella se sentía una mujer.
Alguien más miraba. Su intimidad estaba siendo robada por otro siervo. Este era hijo del mozo real de la caballeriza, y su hijo debía ser el que heredara el gobierno de los establos, y no un advenedizo.
La ira del rey cuando supo de este romance fue legendaria. Su reacción, fue ecuánime. Expulsó al siervo del castillo, no podría volver a entrar en sus posesiones, podría ganarse la vida en el reino, pero no en el castillo.
Obedeció.
Dirigió sus pasos hacía el frondoso bosque.
En el bosque se escucho hablar del hombre que se convirtió en árbol, defendía a todos los animales, protegiéndolos de los cazadores. Su única arma era una daga.
Ella recibió la orden de casarse con el hijo del señor de un reino vecino. Era una boda de conveniencia muy interesante para mantener los límites del reino, sin luchas.
Llegó el día de la boda, fue un acontecimiento extraordinario, todos los reinos amigos enviaron presentes para conmemorar tan fabuloso compromiso.
Sin embargo la felicidad no fue completa en el seno de la familia real, al poco cuando la feliz pareja marchaba para el reino vecino, sucedió la desgracia. Su marido a caballo, acompañando el lujoso carruaje, entonces se acercaron al río, y ella mandó detener la comitiva. Se bajó, y solicitó ir caminando a través del puente, quería salir así del su amado reino. Tremenda desgracia, ya que escapando del bosque, llegó la muerte.
Ella vió venir a la bestia, gruñendo y amenazando y supo, en un instante, cual sería su porvenir. Entonces cerró los ojos y pensó en su amor, mientras perdía su joven y exultante vida.
Sólo se escuchó un grito.
Su marido, desde el caballo vió impotente como se convertía en viudo. Comenzó la persecución de la bestia, pero no la cazó.
Abandonó el reino con el corazón destrozado. Sería un buen rey.
Pero esta leyenda no termina así.
Pasados varios días, el círculo se cerró.
Los siervos describieron al rey como encontraron a la bestia. Yacía al inicio del puente, durmiendo un sueño sin fin. Al acercarse a ella, se podría apreciar el motivo de este desenlace; la daga entregada por el rey a su lacayo entraba hasta el mango atravesando el cuello del animal, sesgando la vida salvaje que antes robara el dulce alma de la bella hija del rey.

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