lunes, 17 de marzo de 2008

Rituales

El pasado fin de semana volví al lugar de mi iniciación a la vida. Un chorro de energía me subió desde los pies hasta el cogote cuando miraba los pinos en el monte.
Y me alegré de haber recibido los consejos que me susurrabais.
También lloré de tristeza por no poder volver con vosotros a disfrutar del monte.
No tuve compañeros en esta ocasión, me acompañaban mi hermana y un tratante de madera, pero me refiero a otros compañeros, ya sabéis, aquellos que con su trino nos deleitaban mientras caminábamos hacía…..no sé muy bien como definirlo, ¿qué era?, un trabajo, no, un entretenimiento, tampoco, no lo creo, quizás era un agujero en el tiempo que nos llevaba hasta nuestros ancestros.
No me desvío, decía que en esta ocasión no tuvimos compañía alada, recuerdo que durante el camino nos saludaban, y me enseñasteis cual era el nombre de cada uno de ellos.
Ya al levantar, con la amanecida, el despertar era acompañado de sus alegres cánticos. Después otro sonido se unía, eras tú Papa, afilando las hoces en la piedra, delante de la casa. Mientras abuela preparaba desayunos sólo dos tazas, la suya y la mía, tú, Papa, no tomabas nada.
Sonaba mi nombre, a mi me podía la pereza y el calor agradable de las sábanas, al mover el cuerpo sobre las viejas maderas del piso, este crujía protestando, y yo abría las contras de las ventanas, dejando que la luz se enfrentará a las tinieblas venciendo una vez más.
Mi abuela insistía, desayuna bien, que el camino es largo, apostillaba Papa, y hoy tenemos que acabar, lo decía en tono duro, para asustarme, pero, recuerda Papa que tu frase era muy clara, no te fíes ni de tú padre, nunca fuiste duro conmigo.
El camino, Dios, que maravilla ese camino, la conversación, los nombres de los lugares por donde pasábamos, como se llaman las plantas que nos encontramos, a quién pertenece este monte, y aquel otro, lugares con historias de las que erais trasmisores, que bendición poder escuchar vuestras palabras, que aún se repiten como un eco en mi cabeza.
El camino era mejor que el destino.
El río es también un personaje de esta historia. Nos acompañaba a lo largo de unos pocos kilómetros, con su rumor que me arrullaba y me invitaba a estar tranquilo, la jornada va a ser buena, parecía decir, bebe de mis aguas, te refrescaré y proporcionaré energía.
Nos encantaba enviar al río un compañero en forma de palo que continuaba hasta la desembocadura mientras hipnotizados mirábamos como bailaba al compás del agua.
Mi ritual de inicio a la juventud se formó trabajando con mi padre y con mi abuela, limpiando los montes, seleccionado los árboles fuertes de los débiles, conociendo la naturaleza y parte del ecosistema que conforma el río y el valle en el concello de Miño.
Hecho de menos vuestra compañía, pero me queda el consuelo de que ahora mis hijos pueden aprender aquello que vosotros me enseñasteis.

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